Por: Aarón Chaves, gerente de Consultoría de Baker Tilly Costa Rica.
Durante mucho tiempo, la ética empresarial fue vista como un asunto accesorio, un requisito que debía cumplirse para “estar en regla”, pero que no se vinculaba directamente con la rentabilidad o el crecimiento de la empresa. Se limitaba a la existencia de un manual, una política interna o un código de conducta diseñado más para cubrir expedientes que para transformar comportamientos.
En la actualidad, ese enfoque reduccionista ha quedado superado. Hoy, la ética y la transparencia no son un adorno, sino un factor estratégico capaz de definir la competitividad de las compañías en un mercado global cada vez más exigente.
El cambio de paradigma es evidente. En el pasado, bastaba con cumplir mínimamente con la normativa para mantener a raya las sanciones legales o evitar la mala prensa. Ahora, las condiciones de operación han cambiado: entidades financieras, zonas francas y organismos internacionales incluyen criterios éticos y de transparencia como parte de los requisitos de acceso a capital o a beneficios fiscales. En la práctica, esto significa que una empresa con cuestionamientos éticos puede ser excluida de contratos, bloqueada por bancos o rechazada por inversionistas.
En el caso de Costa Rica, por ejemplo, el régimen de zonas francas exige el cumplimiento de normas específicas relacionadas con la integridad en los procesos de contratación y operación. En el ámbito financiero, los bancos realizan análisis reputacionales para aprobar créditos o aperturas de cuentas, evaluando si la empresa solicitante ha estado involucrada en escándalos o malas prácticas. Esto demuestra que la ética dejó de ser un concepto abstracto para convertirse en una condición operativa y comercial.
Ética y reputación: un activo intangible con valor real
La reputación corporativa es uno de los activos más valiosos de una organización. Sin embargo, es también uno de los más frágiles: puede construirse durante años y derrumbarse en cuestión de días por un escándalo ético. Basta con observar lo ocurrido en industrias como la farmacéutica o la de seguros, donde casos internacionales de corrupción, prácticas indebidas o publicidad engañosa han costado millones en multas, demandas colectivas y pérdida de confianza.
Las empresas que priorizan la ética como parte de su estrategia logran blindar esa reputación. No se trata únicamente de evitar la sanción, sino de ganar legitimidad frente a consumidores, inversionistas, proveedores y comunidades. Una compañía percibida como transparente no solo se protege de riesgos, sino que también genera oportunidades: atrae talento de mayor calidad, accede a mejores socios comerciales y refuerza la lealtad de sus clientes.
Pero, hay que tener en cuenta, que hablar de ética empresarial no significa elaborar un documento más. Se trata de implementar un código de ética vivo, uno que no se quede en los cajones de Recursos Humanos, sino que permee en la cultura organizacional y se refleje en cada decisión
Un código vivo implica que los valores no se limitan a carteles en la pared, sino que se practican de manera coherente desde la alta dirección hasta los niveles operativos. Esa coherencia es fundamental: cuando los líderes predican principios, pero en la práctica actúan en sentido contrario, los colaboradores lo perciben y el mensaje se vuelve vacío. Por el contrario, cuando los valores se viven a diario, los empleados los reconocen, los replican y los defienden como parte de su identidad corporativa.
El impacto de un código de ética vivo trasciende la frontera interna. También se refleja en las relaciones con proveedores, clientes y socios. Una organización que aplica criterios éticos en sus compras o contrataciones genera confianza en su cadena de valor y proyecta una imagen de coherencia hacia el mercado.
Ética y rentabilidad: una ecuación comprobada
Existe la percepción errónea de que la ética es costosa, de que implica inversiones adicionales que restan competitividad. La realidad es la contraria. Una cultura ética sólida reduce costos al minimizar riesgos de fraude, demandas legales o sanciones regulatorias.
Más aún, en un mercado donde los consumidores están cada vez más informados y empoderados, la ética se convierte en un diferenciador comercial. Estudios de comportamiento muestran que los clientes tienden a preferir marcas que proyectan responsabilidad, y que incluso están dispuestos a pagar más por productos o servicios asociados con compañías transparentes y confiables. En otras palabras, la ética también vende.
En Costa Rica y la región, hay sectores que han avanzado más rápido en la integración de la ética como estrategia. El financiero, impulsado por regulaciones estrictas y la supervisión de entidades especializadas, ha desarrollado protocolos de cumplimiento y debida diligencia cada vez más sofisticados. El farmacéutico, por su parte, ha debido responder a crisis globales, lo que lo ha obligado a fortalecer sus estándares. El de seguros, tras su apertura y expansión, también se ha visto forzado a robustecer sus procesos para evitar fraudes o malas prácticas.
En todos los casos, la presión externa —ya sea por regulación, por escándalos previos o por exigencias de los inversionistas— ha sido un detonante. Pero el desafío está en que el resto de sectores y empresas, especialmente las pymes, entiendan que la ética no es un asunto exclusivo de las grandes corporaciones, sino un requisito universal de competitividad.
El reto de medir y gestionar la ética
Uno de los mayores desafíos es que la ética, a diferencia de otros indicadores financieros, no es fácilmente medible. Sin embargo, esto no significa que sea intangible en su totalidad. Existen modelos de diagnóstico que permiten evaluar el nivel de madurez cultural de una organización en materia de ética y transparencia, así como los riesgos asociados a su entorno.
Estos diagnósticos ayudan a identificar “zonas grises” en las que pueden surgir problemas, desde fallas en los procesos hasta vacíos en la formación del personal. Incorporar este tipo de evaluaciones a la estrategia empresarial es clave para anticiparse a los riesgos y fortalecer el gobierno corporativo.
Hacia una visión integral
El cambio cultural necesario no se logra de un día para otro. Requiere un proceso continuo de educación, capacitación y compromiso de la alta dirección. El ejemplo debe partir de los líderes, pero la vivencia debe ser compartida por toda la organización.
La ética no puede verse como un requisito impuesto, sino como un valor estratégico que fortalece el negocio. Al integrar principios de transparencia en la estrategia corporativa, las empresas no solo cumplen con un deber moral, sino que también ganan en legitimidad, competitividad y sostenibilidad
En la era actual, donde la información fluye de manera inmediata y los consumidores, inversionistas y reguladores tienen la capacidad de escrutar cada acción, la ética dejó de ser opcional. Se ha consolidado como la ventaja competitiva que diferencia a las compañías resilientes, sostenibles y confiables de aquellas que, tarde o temprano, terminan pagando caro el costo de su falta de integridad.
En este camino hacia un “código de ética vivo”, las empresas no están solas. Baker Tilly Costa Rica acompaña a las organizaciones en el diseño de políticas y estructuras de gobernanza que trascienden lo normativo para convertirse en verdaderas ventajas competitivas. Con su experiencia en consultoría y gestión de riesgos, la firma ayuda a transformar la ética en un motor de crecimiento sostenible y en un factor diferenciador en el mercado.

