Por: Christopher Rugama, encargado del Departamento de Impuestos de Baker Tilly Costa Rica.
Cuando se habla de impuestos dentro de una empresa, es común que la conversación se centre en cuánto hay que pagar o en cómo cumplir con las obligaciones que exige la normativa. Sin embargo, desde mi experiencia con Baler Tilly Costa Rica, asesorando organizaciones de distintos tamaños y sectores, considero que esta visión es demasiado limitada y, en muchos casos, puede convertirse en un riesgo para la sostenibilidad del negocio.
La planificación fiscal no debería verse como una tarea administrativa que se atiende una vez al año ni como un mecanismo para reducir impuestos a cualquier costo. En realidad, se trata de una herramienta estratégica que permite a las empresas tomar mejores decisiones, proteger su flujo de caja y reducir riesgos que podrían afectar seriamente su operación futura.
Con frecuencia encuentro organizaciones que llegan al cierre de un período fiscal sin haber proyectado adecuadamente el impacto tributario de sus operaciones. Cuando esto sucede, el resultado suele ser el mismo. Se llevan una sorpresa financiera importante cuando descubren el monto que deben pagar al presentar su declaración de renta. Lo preocupante no es únicamente el impuesto en sí mismo, sino las consecuencias que puede generar una falta de planificación.
He visto empresas que han tenido que recurrir a arreglos de pago con la Administración Tributaria porque no contaban con los recursos suficientes para atender sus obligaciones. También he observado casos en los que una situación tributaria mal gestionada termina afectando la capacidad de participar en licitaciones, acceder a financiamiento o ejecutar proyectos de crecimiento. En otras palabras, un problema fiscal puede convertirse rápidamente en un problema operativo y estratégico.
Por eso insisto en que la planificación fiscal debe formar parte de los pilares de gestión de cualquier organización. No es un tema exclusivo del área contable ni una responsabilidad aislada del departamento financiero. Tiene relación directa con la estrategia empresarial, la rentabilidad, las inversiones y la continuidad del negocio.
Planificación fiscal vs Evasión fiscal
Un aspecto que genera mucha confusión es la diferencia entre planificación fiscal y evasión fiscal. Todavía existen empresarios que asocian cualquier estrategia tributaria con prácticas cuestionables o riesgosas. Nada más alejado de la realidad.
La planificación fiscal consiste en aprovechar los beneficios, incentivos y oportunidades que la propia legislación permite. La evasión, por el contrario, implica ocultar ingresos, inventar gastos o desarrollar estructuras cuyo objetivo es incumplir la ley. La diferencia es fundamental porque una organización puede optimizar su carga tributaria sin exponerse a sanciones ni contingencias.
El problema es que muchas empresas desconocen los beneficios a los que podrían acceder legítimamente. En Costa Rica existen incentivos para determinados tipos de empresas, actividades económicas y condiciones específicas que pueden generar ahorros significativos. Sin embargo, esos beneficios suelen desaprovecharse porque nadie los revisó oportunamente o porque se asumió que no aplicaban al negocio.
Aquí surge otro error frecuente, y es creer que la planificación fiscal consiste en buscar soluciones de último momento. Algunos empresarios esperan llegar a diciembre para intentar corregir todo aquello que no se gestionó durante el año. La realidad es que las mejores estrategias tributarias se construyen con anticipación y responden a una visión de mediano y largo plazo.
La planificación efectiva comienza por entender cómo funciona realmente la empresa. Cada organización tiene características distintas según su actividad económica, estructura de ingresos, costos, inversiones y nivel de formalidad. Una empresa constructora enfrenta retos muy diferentes a los de una compañía de servicios profesionales o una organización dedicada a la importación de maquinaria. Por esa razón no existen fórmulas universales.
Calidad de la información financiera
Otro aspecto que considero fundamental es la calidad de la información financiera. Durante años hemos normalizado una práctica que, a mi criterio, limita seriamente la capacidad de gestión de muchas empresas. Se trata de llevar una contabilidad orientada únicamente al cumplimiento fiscal.
Cuando una organización se enfoca exclusivamente en presentar declaraciones y calcular impuestos, pierde la oportunidad de utilizar la información financiera como una herramienta para la toma de decisiones. Los estados financieros deberían mostrar una fotografía clara de la realidad del negocio, identificar oportunidades de mejora y revelar posibles riesgos antes de que se conviertan en problemas.
Si una empresa no sabe exactamente cuáles gastos son deducibles, cuáles generan contingencias o dónde se están produciendo ineficiencias, difícilmente podrá construir una estrategia fiscal sólida. En muchos casos, pequeñas mejoras en los controles internos y en la documentación de las operaciones generan resultados más significativos que cualquier medida improvisada al final del período fiscal.
Además, el entorno tributario evoluciona constantemente. Los cambios tecnológicos, la digitalización de procesos y la implementación de plataformas como TRIBU-CR han incrementado significativamente la capacidad de análisis y trazabilidad de la Administración Tributaria. Esto obliga a las organizaciones a mantenerse actualizadas y revisar periódicamente sus estrategias de cumplimiento.
Desde mi perspectiva, la pregunta que las empresas deberían hacerse ya no es cuánto van a pagar en impuestos. La verdadera pregunta es si están utilizando la gestión tributaria como una herramienta para fortalecer su negocio o si continúan viéndola únicamente como una obligación que debe resolverse cuando se acerca una fecha límite.
Las organizaciones que entienden esta diferencia suelen tomar mejores decisiones, aprovechar mejor sus recursos y enfrentar con mayor tranquilidad los cambios regulatorios. Porque, al final, una buena planificación fiscal no consiste en pagar menos impuestos. Consiste en pagar lo que corresponde, cuando corresponde y con pleno conocimiento de cómo esa decisión contribuye al crecimiento y la sostenibilidad de la empresa.

