El talento humano dejó de ser solo un recurso a definir la productividad empresarial

Por: Moisés Pérez, gerente de Recursos Humanos de Baker Tilly Costa Rica.

Durante años, el talento humano fue tratado como una variable operativa más dentro de las empresas. Se contrataba, se asignaban funciones y se esperaba productividad. Hoy, ese modelo quedó atrás.

El cambio no es menor. Esto porque el talento pasó de ser un costo a convertirse en uno de los activos más determinantes para la competitividad empresarial. Y las organizaciones que no lo han entendido empiezan a pagar el precio.

Desde la experiencia de Baker Tilly Costa Rica, este giro responde a una transformación estructural del mercado laboral. Las empresas ya no pueden limitarse a “administrar personas”; deben desarrollar, retener y potenciar talento en un entorno donde la competencia por perfiles especializados es cada vez más intensa.

El punto de inflexión está en la forma en que el colaborador percibe su relación con la empresa. Antes, el salario era el principal factor de decisión. Hoy, ese criterio ha perdido protagonismo frente a elementos como el equilibrio entre vida personal y laboral, la flexibilidad, el propósito y la cultura organizacional.

Esto obliga a replantear la ecuación de productividad. No se trata de cuántas horas trabaja una persona, sino de cómo trabaja y en qué condiciones lo hace. Empresas que han apostado por políticas centradas en el bienestar, los cuales van desde esquemas de teletrabajo hasta programas de acompañamiento, por ejemplo, reportan mejoras en tiempos de entrega, calidad de resultados y compromiso del equipo.

Antiguos paradigmas

A pesar de esta evolución, aún existen organizaciones que se manejan bajo “antiguos paradigmas”. Confunden cultura con beneficios superficiales y clima organizacional con incentivos aislados. Sin embargo, la realidad es más compleja. Esto porque el clima es la percepción integral del colaborador sobre liderazgo, comunicación, reconocimiento y confianza.

Cuando esa percepción se deteriora, las consecuencias son tangibles. Aumenta la rotación, cae la productividad y se eleva el costo de reemplazo. Y este último punto es clave: sustituir talento especializado resulta significativamente más caro que invertir en su retención.

Aquí es donde la consultoría especializada cobra relevancia. Firmas como Baker Tilly Costa Rica han venido acompañando a empresas en la transición hacia modelos más estratégicos de gestión humana, ayudándolas a identificar brechas, rediseñar políticas y construir propuestas de valor para el colaborador que sean sostenibles en el tiempo.

El reto, no obstante, va más allá de implementar beneficios. Implica entender a nuevas generaciones que priorizan el tiempo sobre el dinero, que cuestionan estructuras tradicionales y que buscan pertenecer a organizaciones con propósito. En ese contexto, la pregunta que deben hacerse las empresas no es cuánto están pagando, sino qué están ofreciendo realmente. Porque en un mercado donde el talento escasea, la diferencia entre crecer o estancarse puede estar en algo tan intangible, y tan poderoso, como la forma en que una organización cuida a su gente.

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