Por: Alberto Porras, socio director de Baker Tilly Costa Rica
Cuando hablamos de innovación empresarial, muchos imaginan una fórmula universal aplicable a todo tipo de organizaciones. La realidad es distinta. Cada empresa es un universo propio, con recursos, estructuras, culturas y limitaciones particulares. Sin embargo, lo que sí es común es la urgencia de dar el salto hacia modelos de negocio más innovadores y sostenibles.
Pero, para lograrlo, la primera pregunta que todo empresario debe hacerse es: ¿en qué punto de madurez estoy en términos de innovación? Esta autoevaluación es esencial. Revisar infraestructura tecnológica, capacidades internas, mentalidad de los líderes y disposición a invertir en cambios marcará el camino. Si una empresa no está lista, el primer paso debe ser prepararse, y eso incluye incluso modificar paradigmas en la alta dirección.
El segundo paso consiste en definir la estrategia, mediante la búsqueda de asesoría externa o crear capacidades internas. Aquí entran en juego consultores, socios estratégicos y herramientas tecnológicas que permiten acelerar la transición. Lo importante es evitar improvisaciones. La innovación debe gestionarse como un proyecto con plazos, indicadores de resultados y un cálculo claro del retorno de inversión.
Cuando se logra, las áreas donde primero se nota el impacto son las más visibles para los clientes, específicamente en ventas, atención al cliente y relación comercial. Allí, por ejemplo, la automatización permite que procesos que antes requerían semanas ahora se resuelvan en segundos. El segundo nivel de innovación llega con los procesos internos. Esto en áreas como facturación, recursos humanos, contabilidad y producción. Por ejemplo, hoy, una solicitud de vacaciones puede aprobarse en segundos vía WhatsApp, cuando antes requería llenar formularios y múltiples firmas.
Aquí es donde Baker Tilly Costa Rica aporta un diferencial importante. Traducimos la teoría en proyectos concretos. Ayudamos a las empresas a estructurar ese “paso a paso” que tanto preocupa a los líderes, diseñando planes realistas y medibles. Desde la identificación de procesos que se pueden automatizar, hasta la medición del retorno de la inversión, nuestro rol es brindar claridad en un escenario que muchas veces parece abrumador. Innovar deja de ser un salto al vacío y se convierte en un proceso guiado y seguro.
Pero existe un reto importante para las empresas. La resistencia al cambio. Esta es natural, pero los ejemplos exitosos muestran que el temor es infundado. Una organización que automatiza tareas repetitivas no necesariamente elimina empleos; más bien, libera talento para funciones más estratégicas. Lo que comienza como un proyecto puntual suele abrir puertas a múltiples iniciativas. Los empresarios que dan el primer paso terminan “engolosinados” con las posibilidades que descubren.
Recomendaciones para la innovación
Tres recomendaciones resumen este camino hacia la innovación. Primero, adoptar una mentalidad de adaptabilidad; es decir, la innovación es permanente y la empresa debe evolucionar constantemente. Segundo, confiar en el proceso, en este caso funciona porque las grandes corporaciones lo aplican con éxito. Y, tercero, perder el miedo. No hay que temer al cambio, sino a las consecuencias de no actuar. El mayor riesgo hoy no está en equivocarse al innovar, sino en no hacerlo.
La historia empresarial está llena de ejemplos de compañías que desaparecieron por no adaptarse. El mercado no espera, y el reloj de la innovación corre más rápido que nunca.

